Julio de 2005. PREGÓN FERIA DEL CARMEN:
Gracias queridos paisanos... Especialmente a vosotras admirables mujeres de Montecorto: queridos todos los que aquí estáis, queridos incluso los que sólo están con el corazón porque no pueden estar de otra forma.
Más que un Romance fue hallaros, allá por finales del Agosto pasado. Un poema hermosísimo desde entonces y un regalo de las musas: Gracias querida Lluch Carrasco que desde Barcelona me contaste la mejor y más hermosa historia de amor ocurrida en tiempos presentes y pasados, un idilio protagonizado, como no podía ser de otra manera, por Montecorteños.
Afortunadamente también aquí hallé a nuestro querido Ignacio que desde Madrid tanto ama a nuestro pueblo y a tantos nos has enseñado a amarlo... Mas qué decir de la querida y espléndida Lidia y su madre, qué decir del gran Octavio, al que nunca podré agradecer como se merece tanto como ha hecho por este pregonero, que decir de la voz alegre de Ángeles, de María, la sincera María Eugenia, la mujer hermosa que nunca debiera dejar de ser niña... Pero ¿cómo no agradecer debidamente a todos y cada uno de vosotros, particularmente a los mayordomos, especialmente a Juan Antonio nuestro alcalde, el regalo de que me eligieran pregonero de la Feria del Carmen...?
Queridos todos, y muy señaladamente, los que andáis por esos mundo de Dios suspirando por volver a la tierra vuestra, a este Montecorto donde lo imposible es posible, a este Montecorto donde cualquier milagro tiene asiento y donde se curan las más feroces heridas, tales son las producida por la nostalgia y el desarraigo... y yo, créanme, hasta finales de Agosto del pasado año fui un desarraigado...
Inclúyanme, de verdad, entre los desarraigados porque hasta entonces viví entre los apátridas, inclúyanme en las categoría de los sin hogar ni memoria hasta que comencé a buscar Montecorto para mis hijos con desesperación, quizás por un mandato de los que vengo y ya nos están y quizás para reconciliarme con ellos: Sepan que vine a Montecorto por primera vez en Noviembre del año pasado, y vine con la esperanza de recuperar las vidas de mi padre y sus hermanos, vine para encontrar respuestas a mi angustia, las respuestas a las preguntas que me andaban atormentando de manera atroz desde la adolescencia ¿quién soy y porqué soy como soy? ¿dónde están mis raíces, las de mi padre y abuelos paternos, de mis tíos ? ¿cómo sería el mundo dónde nacieron ? ¿cómo vivieron?
Y vine con la intención única de dejar lo que hallara a estos niños, si es que hallaba curación y si hallaba mi propia razón de ser... Y vine para que ellos no tuvieran que sufrir la desazón que yo experimenté durante casi toda mi vida, y sobre todo desde que mi propio padre murió por 1988 lejos, muy lejos de donde nació, muy lejos de la cama donde nació...
Y vine y a dios gracias hallé lo que buscaba: Miren a estos niños aquí a mi lado, niños inquietos dentro de lo que cabe por su edad, pero comportándose bien como es corriente y natural en cualquier montecorteño bien nacido. Miren a estos niños que son los biznietos de José Conde Ramírez venido de Arriate a principios del 1900 y los biznietos de Pepa Gallego Vílchez, nacida montecorteña; miren a estos niños que son los tataranietos de José Gallego y María Vílchez también de Montecorto, y retataranietos de Juan Gallego Sánchez y María Montero... Y por ello, a estos niños, que son hijos de aquí por el sagrado derecho de herencia también les dedico el pregón especialmente, tan exclusivamente como a ustedes porque vienen de ustedes: estos niños comparten vuestra suerte y orgullo, comparten la fortuna de tener sangre montecorteña corriendo por sus venas, la misma que mi abuela, mujer según cuenta quienes la conocieron cuando vivía en el número 39 de la calle Mahón -allá por los años treinta- y de la que dicen que era mujer como dios manda, mujer fuerte y de carácter, orgullosa, digna incluso en las peores circunstancias, igual que vosotras, igual a como siempre fueron las mujeres de esta tierra... Estos niños hoy saben de donde vienen y sobre todo dónde está su hogar, su origen, sus raíces y a quienes se deben. Estos niños son la causa, el motor que ha propiciado el milagro que ha llevado la paz a mi corazón y por supuesto a que esta noche yo esté aquí pregonando la Feria del Carmen... A que esté aquí -mal pregonando sospecho- un pregón de pregonero angustiado, porque cuando dispuse hincarle el diente a este pregón dime cuenta en el gran error que estaba, porque descubrí aterrorizado –al intentar escribir las primeras palabras- que aún no era como vosotros; porque angustiado descubrí que era poco más que un fantoche, poco más que un cómico de la legua posando y poco más... Y fue entonces, tras una carta angustiosa que envié a varios montecorteños a modo de sincera confesión, tras una noche dolorosa, de inquieta vigilia en la que decidí viajar a Montecorto para hallar respuestas, fue entonces poco antes del amanecer del día dos de junio, cuando posicionado en el cruce que separa los dos mundos, el de los vivos y los muertos, con el camino del cementerio a mi derecha y al frente las casas y calles donde los montecorteños sueñan, fue entonces, insisto, cuando hice el supremo descubrimiento...
Supremo, insisto, porque aquel amanecer percibí, entre los sonidos que emitían las estrellas que cuajaban nuestro cielo, el tesoro mejor guardado por los montecorteños durante milenios, el que os ha permitido sobrevivir a guerra y diásporas, a olvidos e injusticias sin dejar nunca de ser Montecorteños... Y el milagro sucedió a este pregonero gracias a esta tierra de milagros, a esta tierra de imposibles que son posibles: Supe que para poder mirar a vuestros ojos, para no traicionaros y sobre todo no traicionarme, debía olvidar quien había sido hasta entonces, olvidar todo cuanto sabía, olvidar incluso mis maneras de amar... Así pues, sabiendo el rumbo a seguir elegí la vida y deseché las retóricas hueras y las palabras altisonantes. Así pues, conociendo vuestro insobornable amor por Montecorto elegí dar rienda suelta a vuestras pasiones: Decidí que no sería yo sino vosotros quienes escribierais el pregón, que seríais vosotros y vuestras pasiones quienes dictarían las palabras a este pregonero... pero basta de penas y tengamos alegrías, queridos paisanos.
¡Tengamos fiesta y jolgorios! ¡Placer sin límites queridos paisanos, que llega la muy antigua y noble Feria de Montecorto! ¡Llega la feria inexplicable, la que se hace en honor de una Virgen Marinera en tierra adentro, entre montañas agrestes...! ¡Llega la feria más insólita y divertida de cuantas se hacen en honor de la Reina de los Mares, la única feria del mundo en que la Virgen del Carmen no es procesionada sobre una barca surcando las aguas, sino navegando sobre un mar de corazones apasionados...!
Y la explicación a tan excepcional devoción, a que aquí tengamos por reina a la Señora de los Mares, está en que los Montecorteños somos hijos del Mar Océano, y ocurre que la tradición se mantiene porque los Montecorteños llevamos en los genes el recuerdo de olas y espumas de mares. Y la respuesta al origen de tan insolita tradición está en la historia de un hijo de esta tierra (quizás de Montecorto, quizás de Zahara, pero en cualquier caso de esta tierra) de nombre Juan Solana, el Deseoso, que se enroló en los galeones que hacían las rutas de las Américas allá por el siglo XVI. Ocurrió que Juan Solana pasados muchos años de emigrante decidió volver a la tierra donde nació, y en sus alforjas traía tres cosas: la alegría por volver, cierta fortuna, y la veneración por la Virgen del Carmen, devoción que había adquirido de los frailes Carmelitas de Nueva Granada.
Sucedió que este hombre, por ser hacendado con un cortijo en el Gastor y otro en las Buitreras, fue nombrado caballero de cuantía y mayordomo de los bienes del concejo de las cuatro villas del duque de Arcos, y este nombramiento le permitió administrar propiedades e influir en almas.
Entonces fue cuando se produjo el milagro, y las iglesias con la Virgen del Carmen como protagonista nacieron por todas partes: desde Grazalema hasta Setenil, desde Olvera hasta el Desierto de las Nieves, pasando por Zahara, el Juncal, Algodonales, incluso en las afueras de Montejaque donde penó el famosísimo don Miguel de Mañara...
Luciose sin rival durante casi dos siglos la Señora Virgen del Carmen por toda esta tierra, aunque poco a poco fuera languideciendo su devoción, poco a poco fueran poniendo en su lugar otras vírgenes las gentes de la zona, pero la devoción milagrosamente sobrevivía en Montecorto... Y allá por finales del 1700 llego a oídos de un aristócrata gallego, el Señor de Mondoñedo que tenía grandes problemas para mantener a sus gentes con decoro a causa de las hambrunas que asolaban la tierra gallega, que en un lugar muy al Sur de las Andalucías, en un pasillo que iba desde Arcos hasta Grazalema, existían tierras libres para quien quisiera repoblarlas, y además supo que en una aldea que llamaban MONTECORTO tenían por patrona a la Virgen del Carmen, la misma virgen que veneraban sus súbditos, todos marineros y todos gentes de mar... Y sin pensárselo dos veces, y con el doble señuelo de tierras y Virgen convenció a unos pocos cientos de familias, las trajo aquí, les dio tierras y les dio medio para sobrevivir los primeros años y además los hizo Montecorteños...
Y aquellas gentes venidas de las orillas del mar Atlántico, de Marín sobre todo, afianzaron la devoción Montecorteña y todos juntos (los venidos y los que estaban) la reverdecieron... Y pasados unos años aquellos hijos del mar, aquellos gallegos de pieles blancas como espumas y ojos claros se entremezclaron con nuestros ancestros, dando nacimiento a la nueva raza Montecorteña, a las gentes inexplicables en la Serranía, a las de tradiciones insólitas, a las gentes con ojos tan azules como el mar y pasiones tan vigorosas como tempestades... Y uniose pues lo nuevo con lo antiguo, lo venido de fuera con lo que ya estaba, y se renovó con la nueva savia la antigua tradición de festejar como se debe esta Feria del Carmen, la feria dedicada a una Virgen con olores a mar en tierras con olores a monte...
Esas son las cosas de Montecorto, la peculiar historia nuestra, de esa historia que dicen escasa, porque ignorantes de tres al cuarto y ratas de biblioteca lo afirman, y lo afirman porque están ciegos, porque no saben ver ni buscar. LA HISTORIA DE MONTECORTO ESTÁ ESCRITA EN EL MEJOR DE LOS LIBROS, PORQUE ESTA ESCRITA EN VUESTROS GENES Y CORAZONES. Y ESTÁ ESCRITA CON LA MEJOR DE LAS TINTAS Y EN EL MÁS INMORTAL DE LOS SOPORTES.
Miren ustedes: los humanos son herederos de los mundos que los precedieron y a ellos se deben, y resulta imposible entender el presente si se desconoce de donde se viene. Y la historia es la historia, y la de Montecorto es una dilatadísima y hermosa historia sin igual, exclusiva, sin relación con ninguna otra. La historia de las gentes de Montecorto, que yo no estoy cualificado para resumir, que no me atrevo a resumir, por escrupulosos respeto, sólo es comprensible si admitimos de antemano QUE ES LA HISTORIA DE LOS DESCENDIENTES DE UNOS DIOSES Y ESTÁ ESCRITA EN LA ESTRELLAS... Y lo digo así de rotundo, sin temblores e impudoroso, porque así vosotros me lo habéis revelado: Vuestra historia, mi historia también y la de mis hijos, la voy a resumir en cuatro frases que lo dicen todo, porque lo que sois viene por lo que sucedió hace bastantes miles de años, cuando el mundo estaba en construcción.
Sucedió que los dioses que ponían montañas y ríos llegaron a Montecorto para crearlo. Y ocurrió que los dioses -en asamblea divina y por general acuerdo- decidieron hacer algo especial, algo inigualable, algo que sirviera de referente, algo que hablara de su grandeza hasta el fin de los tiempos. Sucedió que decidieron crear aquí su hogar, un templo donde vivir siempre para por siempre ser adorados. Decidieron los dioses, para preservar su paraíso e intimidad, y por extensión impedir que advenedizos y gentes de mal vivir aquí pudieran llegar con facilidad, crear accesos tortuosos: pusieron altas y escarpadas montañas al Norte, Sur, Este y Oeste, además espesos bosque por todos lados que hiciera invisible Montecorto, además hondos precipicios que desanimaran a gentes sin arrestos o débiles.
Y hecho el trabajo rompieron el molde, y eso explica la condición de la exclusividad, y eso explica que la tierra santa Montecorteña sea tan fértil: Esta tierra acoge al errante siempre que venga con buena voluntad, esta tierra actúa como un motor intemporal que le insufla la energía, hasta hacerlo orgullosamente nuevo. Esta tierra fabrica pasiones hasta entonces desconocidas que moldean sutilmente lo anterior; y esta tierra –por último- es la fértil tierra que acoge y nutre, la que hace que los forasteros pasados unos años olviden sus orígenes, la que diluye sus memorias de antes...
Aquí, Montecorteños, todo resulta diferente, más perfeccionado, más hermoso, porque Montecorto funciona tal fuera un mágico crisol de alquimista, donde se funden los distintos componentes, donde se amalgaman las diferentes materias, donde se mutan, hasta transformarse en algo nuevo. Aquí, por poner un ejemplo que venga a cuento, que sirva para completar estas fiestas y a sus protagonistas, llegaron por finales del mil ochocientos gentes de Montejaque y vinieron para explotar sus propiedades.
Como era de esperar aquellas gentes pronto se aclimataron, pronto sus carnes y almas fueron cambiando, influenciadas quizás por fuerzas desconocidas, por energías escasamente perceptibles. Aquellas gentes pronto presintieron que su hogar no estaba en Montejaque como hasta entonces creyeron sino aquí, y pasado poco tiempo lo mejor de ellos mismos fue aflorando. Transcurridos unos años sólo se sentían de aquí, y tanto que hicieron borrón y cuenta nueva: aquellos labradores, descendientes quizás de los que se llamaban en tiempos antiguos “caballeros de cuantía” que no era otra cosa que labradores con cierta fortuna no hidalgos; aquello que en su tierra natal quizás fueron miembros de una institución llamada “Mayordomos de la Virgen” transplantaron aquí tan original institución, pero mejorándola, adecuándola a las peculiares formas de Montecorto... Y así ha sido siempre, y así será, porque:
Montecorto es una realidad apasionada, un sueño que fue escrito en las estrellas, y sus hijos e hijas son la natural secuela de tales ilusiones.
Oculto en Montecorto está la amante que nunca decepciona, la que devuelve ciento por uno, la idolatrada que alienta.
Nacer en Montecorto es más que la consecuencia de un ardor pasajero, porque nacimos aquí y no al lado, porque crecimos aquí y no allá, y porque precisamente aquí desearíamos morir, ser enterrados, para cuando nazcamos de nuevo nacer Montecorteños.
Tener Montecorto por patria no es cosa cualquiera, no es cosa corriente porque Montecorto es manantial de VIDA con mayúsculas: Aquí está la fuente de energía para vidas extenuadas.
En Montecorto, y resto del mundo, es sobradamente sabido que nacer en Montecorto es nacer ungido por la dignidad sin arrogancias, y sabido es que a quienes acoge dota de un legítimo orgullo, de una peculiar sabiduría en ningún sitio encontrable
Con Montecorto como madre los montecorteños están de suerte, pues no es ella causa que arrienda ni hipoteca la vida de sus hijos e hijas con cargas insoportables, sino que como madre generosísima les proporciona una hermosa heredad desde el mismísimo nacimiento, tal es su comprensión, tal es su alegría y vitalidad.
Oír al amanecer cantar las brisas de Montecorto, es oír los tiernos susurros de una preñada que quiere que sus hijos nazcan dichosos, que nazcan ricos; y por ello los hijos e hijas de Montecorto nacen con el don de la generosidad que es como decir nacido con capacidad de amar sin límites.
Resulta que Montecorto además regala la franqueza a todos y además la nostalgia a quienes por razones han de abandonarlo. Pero regala una añoranza limpia al emigrante, regala al expatriado un especialísimo desamparo que se me ocurre llamar tristeza alegre, pues la fuerte congoja, la melancolía, se alivia cuando el montecorteño redescubre a donde pertenece y sobre todo redescubre que puede volver y que le están esperando con los corazones abiertos
Todo lo dicho hasta ahora, con torpezas y titubeos ciertamente, con carraspeos a causa de la emoción que embarga a este pregonero, porque oigo mi voz donde se oyó por última vez la de los míos hace alrededor de setenta años... todo lo dicho, insisto, sirve para lo que debe servir, que no es otra cosa que olvidar...
Olviden, renuncien al tedio y a la rutina, queridos paisanos. Olviden las servidumbres diarias para vivir intensamente lo que se avecina: Llega la Feria del Carmen, y el escopetazo de salida a punto está de sonar...
Y llegado aquí termino este pregón que lamento no fuera mejor, y no lo termino yo sino este niño hijo de Montecorto, que ya es de Montecorto incluso más que su padre, y lo termina con tres vivas: ¡Viva Montecorto, vivan los Montecorteños y viva la Feria del Carmen!
José Luis Conde Ayala.
